Hace tiempo que preparo la táctica del fuera de juego con el asistente Atikus. Dibujo esquemitas en mi libreta de hojas cuadriculadas. Cuando sube una de las jugadoras laterales (trazo una línea ascendente), dos de las delanteras deben procurar arrastrar a las defensas contrarias hacia abajo (trazo una línea descendiente), mientras la tercera atacante se incorpora evitando el fuera de juego (trazo una nueva línea ascendente). Es fácil, pero cuesta explicarlo aquí.
Hace tiempo que andamos pensando en convocaros por internet con el asistente Atikus. Estamos lejos unos de otros, y de momento nos ha sido imposible encontrarnos para entrenar. El próximo veinticinco de noviembre -fecha elegida al azar- podríamos quedar en un chat de Vilaweb. En la sala Atletisme jamás hay nadie. Si os parece bien, allí os espero a las ocho de la tarde. Dejad a vuestras parejas e hijos al amparo de canguros marsupiales. Pedid que os anulen las citas con el dentista. Olvidad que esa novela en la mesita de noche era interesante. No saquéis a pasear al perro. También podéis obviar otras citas para esas horas, como reuniones de vecinos en el rellano del edificio (acostumbran a acabar en peleas del tipo: el ascensor no lo usamos los residentes del entresuelo). Son tremendamente aburridas. A cambio, os prometo una distendida charla sobre la táctica del fuera de juego, de tres o cuatro horas en el chat. Si hay clamor popular, la alargaré un rato más. Después haremos unas cuantas flexiones y abdominales -no más de cien-, cada una en el suelo frío de su piso para acabar el encuentro con una cierta puesta a punto corporal. Será una noche tremenda.
El veinticinco de noviembre -fecha elegida al azar- estoy seguro que formaréis allí, con vuestras libretas de hojas cuadriculadas, para trazar líneas que suben o bajan. Como sucede en la vida.
Las convocadas son: Albanta y Xurri, en la portería. Be, Gemma, Nimue y Rita en la defensa central. Alatrencada, Silenci, Somiant la lluna y Violette en las defensas laterales. Joana y MK, en el pivote defensivo. Katrin, Khalina, Mirielle y País Secret en los medios centros ofensivos. Anna, Thaís, Arare, la Rateta Miquey, Emily e Ilse en la delantera. Mi antiguo equipo, con algún cambio que he anotado en la libreta cuadriculada de viejo entrenador.
Pasaré lista el veinticinco de noviembre -fecha elegida al azar-, a las ocho de la noche.
En el pasillo central de Lidl tenían trompetas por ciento diecinueve euros, un bajo con amplificador por doscientos cuarenta y pico y un juego de dos congas por ciento veintinueve. Parecía una tienda para músicos, cuando sólo había entrado a comprar mejillones en escabeche y papel de cocina. Pero me gusta revisar con las gafas en la punta de la nariz esas ofertas estrambóticas en el pasillo central de Lidl.
Noté una mano en mi hombro. Me giré y era mi ángel de la guarda, Melahel, después de tanto tiempo, con su mirada clara y su barbita canosa. Nos estudiamos como en un duelo en el Far West. Cuesta recuperar de pronto la afinidad con alguien, cuando han pasado tantos meses. "Me hiciste falta, ¿dónde te habías escondido?", le pregunté por fin. Sonrió y levantó los hombros. Le devolví la sonrisa con mis labios en un contorno necesitado de un buen afeitado, y elevé mis espaldas. Tampoco yo sabía dónde me había extraviado todo ese tiempo. Me señaló -porque él no habla- un cajón con latas que parecían de bebida isotónica. Estaban etiquetadas con títulos de películas antiguas: El hombre lobo, El doctor Mabuse, El conde Drácula, El hombre invisible... Pasó la palma de su mano abierta sobre esos productos, para que eligiera uno, como si fuera un vendedor en un mercado turco. Me decanté por El hombre invisible. Me pidió que lo tomara. Leí previamente la composición del artículo y no encontré la palabra matarratas entre esas líneas de letra menuda, pero sí hacía referencia a los carbohidratos y las sales. Estaba garantizado con el sello de la UE, y mi ángel de la guarda insistía en que lo tragara. Así que hice presión con mi pulgar en la anilla y salió un escape de gas. Melahel articuló el gesto del porrón, acercando la mano a su boca. Confié en él. Lo engullí. En el pasillo central de Lidl estaba mi carrito de la compra, abandonado. Pero no estaba yo, ni Melahel (aunque a él nadie le podía contemplar antes). Imagino que desaparecimos de las pantallas de televisión de control en el supermercado.
No veía mis pantalones enfundando mis piernas, ni esa chaqueta protegiendo mi torso con el frío recién llegado. Extrañamente, era invisible. ¿Quién no ha soñado con ser eso alguna vez? Cuando lo imaginas, piensas en espiar a la muchacha triste de la librería mientras se ducha, antes que en entrar en el despacho de un estafador para revisar sus cuentas y aportar pruebas al juez. En robar ese bolso de Loewe que le gusta tanto a ella, y regalárselo como si hubieras sudado trabajando mil y una horas para adquirirlo. En borrar tus antecedentes penales en los juzgados. En montarte en un avión a isla Margarita, sin pasar controles, ni facturar tu equipaje
Pero cuando eres invisible de verdad no sabes qué hacer. Estás desconcertado. Puse tímidamente una lata de mejillones y un paquete de papel de cocina en la mochila. Y salí sin que sonaran las alarmas del Lidl. Cené un plato de potaje castellano en el Bar Restaurante Los Salmantinos sin pasar por caja (sólo costaba cuatro euros, pero me apetecía; aunque tuviera mesa reservada en los mejores restaurantes de la ciudad al ser invisible). Tuve ganas de hacerle la zancadilla al camarero cargado con una bandeja de sopas, pero el ángel frenó mi pie.
Ese fue todo mi robo. Luego Melahel y yo paseamos por la Rambla sin que nos atracaran (simplemente porque no nos veían). Pintamos en la cazadora de un motero parado frente a un semáforo en rojo que aceleraba con el tubo de escape trucado: "Soy gilipollas". Le tomamos gusto al spray, y nos dedicamos a grafitear la fachada del Ayuntamiento y de la Generalitat, sin que nos vieran los agentes uniformados en la entrada de los edificios gubernamentales, la frase: "Exigimos explicaciones". Escribimos pintadas en las puertas de mil pendencieros que se creían impunes a la ley levantando mil edificios innecesarios a base de sobornos. Melahel y yo éramos invisibles a sus cámaras de vigilancia y pudimos aplicarnos en redactar con letra redonda y pausada esos insultos en sus paredes, irreproducibles aquí. Entramos en la casa de un maltratador que comía cacahuetes mirando una película violenta. Apagamos su aparato y se levantó para aporrear el televisor. Luego cerramos el foco de su lámpara de pie. Después le cayó una colleja en la nuca, y le susurramos al oído que jamás lo volviera a hacer, porque le vigilaríamos de cerca (ser invisible no significa ser mudo). Abrió la puerta y salió gritando espantado de su piso.
Jugamos un rato más a ser invisibles, con ganas de acabar. Antes, nos quedaba un tema pendiente.
Cuando eres invisible de verdad, te olvidas de espiar a la vecina en la bañera. Pero no del vecino. Visitamos al Veí de Dalt, sin que nos viera. Estaba en el comedor. Llevaba una camiseta promocional de una empresa de mudanzas, calzoncillos desgastados y zapatillas de cuadritos. Tenía un aspecto desalentado, pero era lo más parecido a un uniforme de fútbol que pudo conseguir. Intentaba pegarle patadas a un balón de Nivea, para colarlo en la portería que había formado con dos pilas de novelas. Sobre la mesa permanecía abierto un libro: Introducción a las tácticas del fútbol. Puse el pulgar en el interruptor de su lamparita para apagarla y pegarle una colleja, pero Melahel me frenó. Con la mirada dijo que no estaba bien, y con un gesto de su mano me invitó a regresar a casa.
A medianoche, llegué a mi piso y puse la llave en el cerrojo. Me giré para convidar al ángel a que pasara. Ya no estaba. En el espejo de la entrada volvía a ser real mi rostro pendenciero. Pero me había gustado la experiencia de ser invisible. Mañana regresaré al pasillo central del Lidl para adquirir una nueva lata de esa bebida isotónica. Quizá cuando leáis este texto estaré a vuestra espalda, observandoos. Si escucháis una respiración profunda en vuestras nucas y no hay nadie, no tengáis miedo. Soy yo. Es que ando algo resfriado.
Llegué al edificio de la Pedrera puntual como un reloj, con media hora de retraso. La mujer de los mares del sur tenía cara de fastidio, tras esperarme en ese banco de madera tanto tiempo. No nos habíamos visto desde las pasadas Navidades, e imagino que debí correr más deprisa bajando por Gran de Gràcia, para no disgustarla. Me había contado su debilidad física, aunque me pareció igual de hermosa que entonces.
Le prometí una comida en el restaurante Vía Veneto. Pero estaba todo reservado. Así que caminamos hundidos en nuestra decepción al Turó Parc. Extraje de mi mochila unos bocadillos de jamón York que había preparado por si acaso en mi apartamento, y unas botellas de agua refrescadas para ese pic-nic junto al estanque con tortugas invisibles. Corría una brisa que despeinaba los árboles del parque, cuando ella sacó de su mochila un perro de trapo precioso y dos libros de Salinger. Me los regaló. Los tengo ahora en la cama, pendientes de abrazar o de leer. A cambio, sólo pude ofrecerle mandarinas de postre. Cuando la acompañé a su ómnibus, de regreso a sus tierras del sur, nuestras siluetas se miraron en el estanque del parque un instante. Nos sonreímos allí. Y nos abrazamos. En la vida real seguíamos distantes. Tímidos.
Caminamos por la avenida Diagonal, ganando tiempo hasta que llegara su medio de transporte. Creo que le molestó que mi brazo se extendiera sobre un banco, tras su espalda. Mientras recordábamos viejo tiempos. Fumando tabaco de liar. Mirando los raíles del tranvía.
Este verano, el pequeño Hayden le prestó el hámster Pepo a su abuelo para que se lo cuidara durante sus vacaciones en Francia. Cuando regresó, el hombre mayor le contó que el roedor se había portado bien, y que cada día lo sacaba un ratito de la jaula para que paseara por el patio de la granja de los caballos (con la escopeta cargada por si bajaba un gato vagabundo de los tejados). Desde entonces, el pequeño Hayden tenía entre ceja y ceja que por el cumpleaños de su abuelo le regalaría un Pepo. Y cada tarde, a la salida del colegio, pegaba su nariz en el escaparate de la tienda de animales de la calle Nàpols.
En ese septuagésimo sexto aniversario de mi padre viajamos a la tierra de la niebla, en coches y trenes. Comimos como dioses. La señora Sofía preparó un aperitivo con cazoletas de sepia, calamares y gambas. Luego aparecieron en la mesa la fideuà, los caracoles a la llauna, la carne a la brasa con setas frescas, el pastel de cumpleaños. El pequeño Hayden estaba inquieto. Sólo quería limpiarse los labios de los restos de salsa y que le dejaran correr a su habitación donde hacía dos días que escondía al hámster (que giraba y giraba en la mini noria bajo la cama). Le ayudé a bajar la jaula al comedor, cada uno agarrándola por un extremo (como si pesara tanto). El tenista quedó sorprendido y extrajo al roedor con cuidado, tomándolo por la panza mientras sacudía las patitas en el aire (el hámster, no mi padre). Es marrón con manchas blancas, parece una vaca en miniatura. No muerde, y va a llenar de vida las tardes del tenista. Se marchó con su regalo a la terraza, para leer el periódico y fumar un pequeño puro, mientras veía al hámster Pepito girar y girar a escasos centímetros de sus alpargatas. Quizá pensaba que era la última mascota que le regalarían en su existencia, cuando ya creía que no tendría otra después de aquella.
En su ausencia, mi madre nos relató secretos con el café de la sobremesa. Nos dijo que su marido sólo había tenido un animal en su vida. De niño, su padre le regaló un perro. No recordaba ni su nombre, ni su raza, pero el tenista lo había querido mucho. La señora Sofía nos contó que cuando murió el perro, los vecinos veían al pequeño vagando por el campo en horas de colegio. Hasta que descubrieron que se saltaba las clases para hacer un poco de compañía a su compañero de juegos que habían enterrado allí, junto a ese nogal donde él se detenía a media tarde. Cada día. Seguía siendo un niño cuando falleció el hombre que le había comprado el can. Y durante mucho tiempo también se saltó las clases de geografía para ir a visitar la tumba de su padre en el cementerio. Cada día.
El tenista se hizo un hombre y le regalaron carteras, libros o corbatas por su cumpleaños. Pero nadie se acordó jamás de que le gustan los bichos, de que es un sentimental. Hasta que el pequeño Hayden -su nieto- pegó su nariz en el escaparate de esa tienda de animales de la calle Nàpols. Y comenzó a trazar el plan de su regalo.
A estas horas de la noche, el viejo sentimental debe haberse quedado frito frente al televisor, y la señora Sofía ya lleva un par de horas en su cama de la granja de los caballos soñando los trajines diarios de mañana. Pepito seguramente hace girar la mini noria en la cocina porque es noctámbulo como yo. En Barcelona pienso en todo eso, y en que mañana hará dos años que murió el señor Gris. No tengo ningún lugar al que ir para hacerle un poco de compañía. Pero salgo al balcón y sé dónde mirar. Allí gira con Hedy, su amiga doberman. En su noria compartida.
Ha sido una mañana de papeleos tristes en la Delegación de Hacienda de Sant Cugat (impreso 036). A la salida, he pegado una palmada fuerte en la espalda de mi viejo socio, y le he deseado buena suerte. En el tren de los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, de regreso a casa, he visto pasar pinares verdes. Un basurero con pinta de intelectual (barbita recortada y gafas de pasta) arrastraba nuestra mala educación al interior de su pala tras la ventanilla, en la estación de Valldoreix.
Ha sido un mediodía de papeleos tristes en la Delegación de Hacienda de la plaza Lesseps (impreso 037). A la salida, me he pegado una palmada fuerte en la espalda y me he deseado buena suerte. Estaba solo, y en una de las dos aceras el sol daba en la cara. He caminado por ella hasta alcanzar la plaza de Gal.la Placídia. Unas mujeres (no había hombres) comían ensaladas en los bancos del parque. Parecían descansar de trabajos agobiantes, con las sandalias o los zapatos de tacón descalzados, tomando el sol como las zebras del zoo. A su lado tenían tendidos periódicos gratuitos que hojeaban entre bocado y bocado.
Me he sentado un rato entre ellas. Llevaba la mochila llena de papeles que ya formaban parte del pasado. No tenía ensaladas en envases de plástico. El sol del penúltimo día de septiembre me acariciaba la nuca. Me sentía bien allí, arrastrando los pies por el polvo. Pensando. Hasta que ha sonado mi móvil que nunca suena. Era el pequeño Hayden. Quería que le acompañara esa tarde a comprar un hámster de regalo por el cumpleaños de su abuelo. (Traduzco del catalán).
-¿Cuánto cuesta el hámster? -Espera que se lo pregunto a la mami. (De fondo se escucha "seis euros"). -Seis euros, tío. -Bufff, es muy caro, por ese mismo precio podríamos comprar un caballo. ¿Y si le regalamos un caballo? -Ohhh, buena idea tío. -Pregúntaselo a la mami.
Hemos quedado frente a la tienda de animales al norte de la calle Nàpols, después de almorzar. El pequeño Hayden y el faraón Nil se han colgado a mi espalda. Cada día pesan más, pero me agrada que curven mi torso como si fuera una caña azotada por un vendaval. No había caballos por seis euros, pero sí roedores. Uno era marrón, el elegido para entrar a formar parte de nuestra existencia los próximos dos años (sus vidas son cortas). Tras el cristal del escaparate, por la calzada circulaba un ómnibus con gente mirando papeles tristes. Esperando una llamada de móvil salvadora. Quizá con voz de niño.
Llevo demasiado tiempo en esta ciudad. Mientras busco el momento de regresar a la granja en que mis padres criaban caballos, suelo visitar el Turó Parc, el único rincón en esta jungla de asfalto que se parece remotamente a aquello.