Televisores y lavadoras
Veo poca televisión. Los lunes El rondo en TD8, y Ágora en el Canal 33. Los martes House en Cuatro (¡cómo mola!). Los viernes Thalassa, de nuevo en el Canal 33 (esa voz relajante de Carles Pérez me invita a tener días zen. Necesito escuchar su dicción para sentirme bien en fin de semana.) Y en sábado acostumbro a ver Cinema 3, en el Canal 33 -cómo no- (esa voz relajante de Monts Llussà me invita a tener días zen. Necesito escuchar su dicción para sentirme bien en fin de semana). Después sigo el partido de fútbol en TV3. Si estoy en Barcelona lo veo completo. Si lo miro en la tierra de la niebla, me duermo invariablemente en el sillón orejero, de espaldas a los otros televidentes de la familia (procuro no roncar).
Muy de vez en cuando veo una película en la pequeña pantalla (debería hacerlo más a menudo, porque antes era cinéfilo). Este 2008 creo que he visto dos. La primera fue una revisión de Italiano para principiantes (2000) de Lone Scherfig, de madrugada en la 2. Es una de mis cintas preferidas de los últimos años, junto a Cosas que nunca te dije (1996) de Isabel Coixet y Wonderland (1999) de Michael Winterbottom. Son historias parecidas: personajes desprotegidos en busca de calor humano. Gente solitaria e introvertida, mirando cómo circulan los tambores que limpian la ropa en la lavandería colectiva, mientras observan de reojo al vecino/a por si puede ser él o ella.
La segunda fue una película inglesa, rara, que emitieron hace dos domingos en BTV, en la sobremesa. No tenía ninguna intención de quedarme frente a la pantalla. Era un día fresco y soleado, y me apetecía salir. Pero las imágenes se sucedían, y me atraparon con sus tentáculos en el sofá hasta asisitir al desenlace de esa historia que comencé a ver con quince minutos de retraso, en la escena en que la protagonista está en el balcón para hacerle chantaje al actor principal con una carta compremetedora. Desconocía el título y el director. Sólo reconocí a Paulette Goddard, en el rol de mala. Seguramente era el único ser vivo que miraba esa cinta a esas horas. Apagué la tele después del The End, y fui de paseo hasta el Turó Parc.
Al atardecer, la mujer elegante me invitó a salir de mi caparazón. Es habladora, y asisto siempre a su clase vital como un alumno aplicado. Ella quería ir al cine en las salas Verdi, pero la obligué a pasear por mi barrio. Nos entró hambre, y elegimos un local mejicano tremendamente oscuro (no vamos sobrados de dinero y no podemos ser exigentes). Así que utilizamos el mechero para leer los platos de burritos, quesadillas y tortitas. Luego tomamos una copa en el Bonobo, en esa calle invisible. Después de mil historias, me explicó que ese domingo había encendido el televisor después de comer, y se había topado con una película antigua. Era en BTV. Reconoció a Paulette Goddard, pero a nadie más. Comenzó a verla con quince minutos de retraso, en la escena en que la protagonista está en el balcón para hacerle chantaje al actor principal con una carta compremetedora. Y pensó que era la única persona en la ciudad que miraba esas imágenes.
Tras muchas horas de investigación, he averiguado que la película es An Ideal Husband (1947) de Alexander Korda.
La vimos juntos, sin saberlo, una tarde de domingo. En 2008. Estábamos solos en nuestras particulares salas de proyección caseras. Mirando girar el tambor de la lavadora.

